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Ese sonido es inconfundible. El retumbar de 8 cilindros en V de un Ford flathead se oye desde lejos como auténtico rock & roll.
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Ese sonido es inconfundible. El retumbar de 8 cilindros en V de un Ford flathead se oye desde lejos como auténtico rock & roll. Poco a poco se va acercando, es un hot rod negro. Se detiene a mi lado, el conductor se levanta las gafas de aviador y me dice “¡…xicot! ¡Vámonos ya!”. Arranco mi propio hot rod y le sigo. Tengo que darme prisa porque David Perona, el conductor de este Ford del 29, es un hot rodder de verdad y cuando le pisa al gas, sale disparado. Quedan 150 kilómetros hasta el Riverside en Balaguer. Dos hot rods por esas carreteras catalanas, la mejor compañía.

El sonido redondo de mi flathead unido al calor que desprende hace que me pierda en mis pensamientos, centrados en la historia del hot rod con unos pilotos traseros en forma de lágrima de Ford’39 que me precede. David, en primer lugar, tiene la cabeza llena de piñones y tuercas, un gearhead que dicen los americanos y, aunque no es su profesión (es un joven arquitecto), su pasión por el mundo del motor en su vertiente más clásica lo enlaza a los años 50 norteamericanos. ¡Mezcla explosiva, hot rods y rock & roll! En primer lugar, y como no podía ser de otra manera, comenzó con una preciosa Sanglas nacional. Más tarde pasó a una BSA café racer pero eso de ir solo le aburría, y encontró un Oldsmobile F85 descapotable del 62 en muy buen estado y con el que animó la escena. Pero su corazón lo tenía puesto en los hot rods. En aquel momento lo conocí y, tras comentar que yo me estaba construyendo uno, una luz de esperanza se encendió. Un año después nos enteramos de que un Ford A de 1929 Sport Coupe estaba en venta. Este modelo es también llamado Falso Cabriolet porque aunque tiene el techo de lona, posee marcos en las puertas con cristales. Es un modelo raro que Ford fabricó durante pocos años. David pasó a ser el nuevo propietario de un montón de chatarra de Detroit. Al taller donde lo compró, de triste fama, se le encomendó la tarea de construir el hot rod. Mal asunto.
Después de varios años de retrasos, dineros y mala sangre, se lo entregaron. Con acabados de pena, sin matricular y un disimulado “búscate la vida” era para desanimar a cualquiera. Pero ya lo tenía en sus manos. Era tiempo de terminarlo a su gusto. Como hemos dicho, es un Ford A Sport Coupe del 29 pero convertido a roadster. Para ello se le recortó el marco de la puerta y se cerró el alojamiento de los cristales, también se recortó la altura del parabrisas dejando la parte superior al aire, al estilo roadster. El estilo de la suspensión es la tradicional, eje original modelo A y ballestas aligeradas, quitándole hojas, transversales tanto delante como atrás. David reformó el tren delantero colocándole unos amortiguadores Pete&Jake y unos faros de incierto origen con forma King Bee de 7 pulgadas. El motor es otra historia. Pasando por el que originalmente le pusieron en el taller, que simplemente estaba para tirarlo al desguace o usarlo de ancla, David se puso en contacto con Peter Clerc, alma mater del car club Cheaters de Ginebra, para conseguir uno de esos famosos motores flathead Ford construidos en Francia hasta finales de los 70 para el ejército.
 Viaje a Suiza con una furgoneta y vuelta el mismo día con un motor casi nuevo. Ya que le cambiaba el motor era hora de vestirlo un poco. Se le colocó un colector de admisión Offenhauser para dos carburadores Holley 94. Un clásico. Y para distribuir la gasolina un detalle de buen gusto, una “lágrima” de Eddie Meyer, uno de los pioneros de los hot rods en California. El depósito está “escondido” dentro del maletero, un lugar más seguro que el original, delante, detrás del salpicadero. Ante el problema del excesivo calentamiento de estos motores, se buscaron varias soluciones. Una de ellas fue colocar un recipiente de expansión para el líquido refrigerante. David es un tipo ingenioso y trajo una coctelera de bar cromada para colocarla con un serpentín de cobre. ¡Cool! Menos original es el ventilador eléctrico, pero ya se sabe que el tráfico no es el que era… Los escapes son otra de las características de este hot rod, son del tipo “lake”. Salen por fuera de la carrocería y tienen la particularidad de poder abrirse para tener escape libre, necesario para las carreras en los lagos secos, de ahí su nombre. Están conectados no obstante a un par de mufflers Smitty´s para su vertiente callejera.
La caja de cambios es una Ford de tres velocidades con palanca en el suelo rematada por un pequeño pistón y conectada a un eje trasero de Mercury de 1950 por una cardán recortada. Esta combinación le da una relación ideal para la carretera sin disminuir su potencia. En las cuatro esquinas, este hot rod calza neumáticos diagonales de banda blanca, anchos 8x15 Coker detrás y estrechos 5.60x15 Firestone delante, el clásico “big&little”. El interior es más bien espartano, un sillón de madera tapizado con vinilo rojo por el propio David y recubierto por una manta mejicana y el salpicadero con el cluster original del modelo A, destacando el volante tipo “banjo” de Ford del 39. No lleva relojes, ni siquiera velocímetro. El rod es de un negro satinado profundo, adornado por pinstripins de Christopher del car club Chiselers de París. El look del frontal ha cambiado en estos años, comenzó con su parrilla de modelo A, después llevó una de pick up Ford del 38, las llamadas de “samurai” y últimamente ha adaptado la que se supone será la definitiva: una parrilla de Ford del 32.
Este tipo de automóviles están en un constante cambio. El cambio de la dirección por una más tradicional y la sustitución de los horrorosos frenos de disco delanteros que le colocaron inicialmente por unos de tambor Ford del 40, son los próximos cambios a efectuar. Tomamos una carretera secundaria. Los hot rods ronronean en un día espléndido. Mientras aparcamos le pregunto “…David, ¿cómo ha ido?”, levantándose las gafas y apoyándose en el “banjo” se limita a sonreír. No hacen falta palabras entre hot rodders.
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