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Velocidad… magnitud física de carácter vectorial que expresa el desplazamiento de un cuerpo por unidad de tiempo. Bonneville… ruta linfática, casi segura ... |

Flat Out… dar lo mejor de ti mismo expresándote a la máxima velocidad. En el lago salado de Bonneville, en Utah, las leyendas se forjan, las epopeyas se gestan y los mitos se narran… Y en aquellas 159 millas cuadradas de espejo salino se rinde culto a la velocidad. Sí, a la Velocidad con mayúsculas, al espacio partido tiempo, a las motos cubiertas de plata, inyectadas, sobrealimentadas…

Y es que Bonneville es un lugar tan plano que sigue la curvatura de la tierra a la perfección. Bonneville es un paraíso, un lugar perfecto para correr. Un paisaje de otro mundo al que nunca te acostumbras y en el que inmediatamente te posee la idea de sacar lo máximo de lo mínimo. Velocidad… Fetichismo atávico, reto permanente, conocimiento, mecánica, física, habilidad… Sir Malcolm Campbell (1935) con su “Blue Bird”, 484,62 kilómetros por hora; Don Waite, (1947) “Edelbrock Special”, 309 km/h; Art Arfond (1964) “Green Monster”, 664 km/h; Craig Breedlove (1965) “Sonic 1”, 966,57 km/h… Sí, ¡casi mil! Burt Munro (1969) Indian, 325 km/h… Épica, sí, hazañas centrífugas.

Esto es pura religión, acercamientos místicos a la mecánica, a la potencia y al flujo constante de energía y dinámica. Bonneville es interacción perfecta entre piloto, máquina y… ¡sal! Y es que velocidad y vida se citan en Bonneville. ¡Todo el mundo puede competir! Si tienes 150 dólares y un traje completo de cuero, a lo largo de una semana dispondrás de muchas oportunidades para comprobar la velocidad de tu velocímetro. Allí están los clásicos, los biomecánicos, los aerodinámicos y, por supuesto, allí estamos tu y yo… Arrancas tu máquina y te diriges a la salida. Mientras esperas “luz verde” te das cuenta de que la pista es tan larga que no ves los conos que marcan el inicio del cronometraje.

Pero ya no hay marcha atrás. ¡Qué más da! De repente… Go! Es tu primer intento, debes ser conservador, debes aprender a sentir la tracción sobre la sal, debes aprender a comprender la sinceridad de tu velocímetro. Conforme se incrementa la velocidad te pegas más y más al tanque, aprietas más y más la moto con tus piernas, y retuerces al máximo el acelerador. Sin contención, sin retención, sin duda, sin miedo… es el momento de decir no al “¿y si…?”. ¿Y si ahora se rompe la cadena?, ¿y si no frena?, ¿y si cabecea?, ¿y si me voy por la puerta de delante? ¡Qué leches! ¡No hay miedo! Y todo a cientos de kilómetros por hora…




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