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Road to Canadá
Escrito por Soto   
roadtocanada Dicen que las oportunidades hay que aprovecharlas cuando llegan, y eso es lo que hice. Cuando tuve las maletas listas, puse rumbo a Montreal.

Marco, Tete y Henri, viejos conocidos, me esperaban en el aeropuerto. Tenía dos semanas por delante y muchos kilómetros por recorrer, ya que en Canadá todo está relativamente lejos.

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Tras recorrer algunas calles de Montreal y descansar en Weir, fuimos a Niágara Falls, o mejor dicho, a las Cataratas del Niágara. Situadas en plena frontera con EE.UU., hay una catarata americana y otra, la más grande, canadiense. En esta zona canadiense es donde hicimos noche. Es como un mini Las Vegas con muchas tiendas de souvenirs, casinos, hoteles, bares y restaurantes con grandes decoraciones, incluso un concesionario Harley-Davidson, un Planet Hollywood, y un impresionante Hard Rock Café... en fin, ¡todo un espectáculo digno de ver!

Al día siguiente decidimos pisar territorio americano, tan solo separado del canadiense por un puente. Tardamos más de dos horas y media, y no debido al tráfico precisamente; más de dos horas esperando en una sala para proceder a la entrevista con los de aduanas para que nos autorizaran a entrar en EE.UU., previo pago de seis dólares, un interrogatorio en inglés sobre nuestras intenciones en su país, rellenar y firmar el formulario en el que hay que contestar preguntas como si consumes drogas, padeces enfermedades, o si vas a cometer delitos, etc. Después de casi tres horas para cruzar la frontera, fuimos a visitar el concesionario H-D de Búfalo en el estado de New York. Por fuera es una nave muy sencilla, pero en el interior todo cambia. Un gran museo con H-D clásicas, desde una scooter H-D, la “Tooper”, hasta una moto de nieve Harley, una réplica de la Capitán América, H-D militares y de Policía, de pequeña cilindrada, del paso de la marca por Aermachi, una Café Racer, una XR750 y un largo etcétera.

Visitamos algunos más y de nuevo rumbo a Canadá, concretamente a Toronto, conocida como la New York canadiense. Muchos rascacielos, calles llenas de grandes pantallas de vídeo, bares míticos aparecidos en muchas películas, un pirulí impresionante como casi todo allí, un estadio de Béisbol que contaba con un Hotel, tiendas, hasta un Hard Rock Café desde el que puedes ver el partido de Béisbol sentado en una mesa a través de una gran cristalera que da al interior del estadio.

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Otro día fuimos a Otawa, la capital de Canadá, una ciudad muy bonita, con pocos rascacielos y muchos castillos, por llamarlos de alguna forma, calles con terrazas abarrotadas de gente que aprovechaba el buen tiempo que escasamente hace. Aprovechamos para visitar a unos amigos, que disfrutaban de una gran fiesta, a la que fuimos invitados. ¡Impresionante! En Gatineau, era de globos aerostáticos, unas diez o quince mil auto-caravanas, más de doscientas mil personas, conciertos, hasta actuaba Kenny Rogers, muchas cervezas, perritos, maíz dulce cocido, nos costó mucho trabajo salir y llegar hasta el hotel. La siguiente jornada discurrió por Quebec. Allí aprovechamos para ver a otros amigos y comprobar el frío insitu. Visita por el casco histórico de Quebec, calles con cuestas, restaurantes y tiendas en las que puedes encontrar de casi todo, desde un surtidor antiguo de gasolina, placas metálicas de todo tipo, gif de Coca Cola, una tienda muy grande con todo tipo de adornos navideños; al final de la subida un gran palacio símbolo de Quebec con un gran paseo y unas impresionantes vistas al río San Lorenzo.

Tras visitar varios concesionarios H-D que tenía en el tintero, me apetecía ver algo diferente, como coches clásicos, y Marco me comentó que cerca de donde vivía estaba el Museo de Coches Clásicos de Richmond. Como os dije anteriormente, en Canadá, “cerca” es algo relativo; tres horas y media de coche, casi trescientos kilómetros, pero mereció mucho la pena, más de cien vehículos de todo tipo y con adornos de época. Nos comentaron que los cambian cada tres meses y dejan los cinco más votados. De regreso me cuenta Marco que en el Parking del MC Donald’s los miércoles por la noche hay gente que se reúne con sus coches clásicos y decidimos hacer una visita. Quedé gratamente impresionado, coches perfectamente restaurados, parecía que acababan de salir del concesionario. La mayoría con más de cincuenta años y sus dueños te daban todo tipo de explicaciones y facilidades para fotografiar todo lo que quisieras.

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Regresemos a Montreal, con Henri de guía, que nos enseñó la ciudad más a fondo, y por la noche visitamos el bar Bistro a Jo Jo, en el que te puedes encontrar actuando auténticos genios de la música. En Canadá hay muchas cosas y sitios que ver, pero lo mejor es verlo y que no te lo cuenten.

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